Hay cosas en la vida efímeras pero intensas, y Leo fue una de ellas, injustamente efímera pero increíblemente intensa.

Ya desde el primer día nos dimos cuenta de que tenía algo especial, ninguna de las situaciones nuevas a las que se iba viendo expuesto suponían para él el más mínimo trauma, su seguridad en sí mismo y su extrema sociabilidad con todo tipo de bichos de dos o cuatro patas rompió por completo la imagen de ariscos, independientes e interesados que teníamos hasta entonces de los gatos.

Ahora, escribiendo esto y pensando en él, se me vienen a la cabeza recuerdos inolvidables como cuando aquel día, al poco de llegar a casa se sube a la ventana de la cocina, ventana que da a un patio en donde esa tarde había once cachorros de golden de dos meses, y sin pensárselo dos veces se planta de un salto en medio de los once; creo que no le quedó ni un solo pelo sin baba de golden, pero tampoco parecía importarle demasiado. O aquella noche que nos disponíamos a cenar con unos amigos y de repente, desde lo alto de su rascador el señor Leo da un ágil salto para aterrizar en medio de la pizza barbacoa, y se nos queda mirando como diciendo: de qué os reís, nunca habéis visto a un gato subido a una pizza??.  Incluso en la clínica dejo huella entre los veterinarios, que nunca habían visto a un gato al que no se le pudiese auscultar porque no paraba de ronronear. Era sin duda un gato especial.

Su complicidad con nosotros, todo ese amor incondicional, todas esas noches que nos quedamos dormidos con el sonido monótono de su ronroneo, todos esos buenos momentos hacen que haya quedado grabado a fuego en nuestra memoria en donde vivirá con nosotros para siempre.

 

Adiós Leo.

 


FOTO: Leo con 2 meses


FOTO: Leo con 2 meses


FOTO: Leo con 2 meses